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NOTAS
Aspectos Psicoafectivos
 






   
Problemas emocionales, vinculares y conflictos propios de las personas de la tercera edad
 
       
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Problemas emocionales, vinculares y conflictos
propios de las personas de la tercera edad
Trabajo monográfico para el
Curso Virtual Educación para el Envejecimiento
Una primera cuestión es responder en qué difieren sentimientos, emociones y actividades en los grupos etarios, suponiendo que en definitiva se trata de sujetos humanos a los cuales le han ocurrido transformaciones físicas, sociológicas y afectivas sujetas al tiempo vivido, lo que implica evolutivamente el tránsito a través de etapas o edades. Lógico es pensar que para la continuidad del individuo cada uno de esos períodos deberá guardar relación con los otros conformando un proceso vital integrado. De ese logro depende la apertura a nuevas adquisiciones o el alcanzar al fin la clave de la propia existencia.
La vida de todo individuo cursa a través de alternativas y desafíos signados por el tiempo que generan crisis o desorientaciones, ya que la necesidad de adaptación y cambio son en sí mismos conflictivos porque cuestionan la posición a la cual estaba uno acomodado. Resuelta la integración de lo nuevo y distinto, estabilizada la etapa, un tiempo después llegarán otras exigencias, nuevas crisis, otra vez la estabilidad y así sucesivamente.
Muchos son los autores que intentaron ordenar y caracterizar estas etapas. (1) Por supuesto caben diferencias teóricas. Estas diferencias están vinculadas a la concepción que tiene cada autor de lo que constituye el núcleo evolutivo de la personalidad. Los hay que establecen como fundamental la idea del conflicto, otros enfatizan la realización y por último están los que podríamos llamar teóricos de la consecuencia. (2)
Cada hombre vive de manera diferente y con distinta suerte los pasajes de su existencia. En los primeros estadios confluyen las disposiciones constitucionales con los aspectos del entorno, las experiencias vitales se van sucediendo en tanto que la evolución de la personalidad se complica de tal manera de sujeto a sujeto que ocurre un verdadero "fenómeno de dispersión". Lógico corolario es evitar generalizaciones sobre las características del hombre de edad. El criterio de dispersión señala que a medida que pasa el tiempo es mayor la disparidad de comportamientos o de rasgos entre las personas. Por lo tanto en más pasible computar estadísticamente las conductas de los niños que la de los de 70 años, ya que en esa edad la variabilidad será mayor.
No sería adecuado entonces caracterizar a una persona en su tercera edad con un patrón genérico, cada uno será en su vejez un poco como ha vivido y aprendido: "el envejecimiento como todo lo humano siempre lleva el sello de lo singular, de lo único, de lo individual". Por otra parte, y complicando aún más las cosas, algunos estudios han demostrado que los rasgos de la personalidad no necesariamente se mantienen estables en la edad adulta. Es muy posible que con el avance de la vida muchos se liberen también de los condicionamientos negativos y se abran a una mayor comprensión de la vida y a sentimientos que trascienden los rasgos estereotipados de la personalidad.
Convengamos entonces que la tercera edad no presenta un tipo caracterológico único. Sus integrantes no constituyen grupo homogéneo, sino más bien depende de la caracterología individual y el desarrollo espiritual la posición que cada uno tome frente a las problemáticas con que lo enfrentan los años. El grado de conflicto que representa para cada uno llegar a viejo y las conductas defensivas que se adopten para evitarlo estarán determinadas por la historia personal, el sedimento de experiencias, fantasías y represiones que, aunque permanezcan inconscientes, condicionan habitualmente la ideología y la forma de reacción.
Siempre ha existido la tendencia a adjudicar a todo un grupo las características que llaman la atención en algunos de sus miembros, actitud generadora de prejuicios sobre la tipología de un grupo etario. (3)
La mediana edad nos ayuda a comprender mejor la transición hacia las problemáticas psicológicas de la tercera, que son entre otras las problemáticas del envejecimiento. Con "mediana edad" nos referimos a la etapa entre los 45 y los 65 años. Esta es la época en que la gente debiera haber encontrado el modo de subsistencia y completado la crianza de los hijos aunque aún se los apoye iniciándose, al mismo tiempo, la función de abuelos. Ocupa también un lugar importante el cuidado y la preocupación por los propios padres.
Con respecto a lo social una gran parte de esta población constituye las fuerzas vivas. Soportan o gozan la responsabilidad del poder, la toma de decisiones, el manejo de temas relacionados con la educación, la salud, la juventud, la vejez. Otros ocupan su lugar en fábricas, sindicatos, organizaciones barriales, clubes, parroquias. Un enorme número de seres se habrán adaptado o no a un entorno limitado y rutinario. Quien más, quien menos requieren recursos y fortaleza, confianza en sí mismos, paciencia o defensas contra la ansiedad y los sentimientos de inseguridad.
Al mismo tiempo, para todos ellos, esta es la época que marca el paso hacia la tercera edad, sentida por muchos como vejez. Los propios padres van muriendo y eso coloca al individuo ante la sensación de un final que se aproxima y genera la idea de deambular por un campo minado. Sentimiento depresivo de raigambre evolutiva que si bien aporta un sentido justo de fragilidad, puede impedir un buen envejecimiento.
Sus consecuencias implican reacciones de rechazo y actitudes inapropiadas que van de envidia a la juventud a posiciones de intolerancia, autoritarismo o crítica. La hipocondría no es extraña así como tampoco la angustia frente al espejo, cruel delator de los cambios corporales. Hay quienes ceden a una predisposición alcohólica, tabaquismo u otras adicciones medicamentosas. Curiosamente la promiscuidad sexual puede ser un intento de salida o negación al paso del tiempo, como caer en intempestivas tormentas y rupturas matrimoniales. La contrapartida es el peligro de transformar la vida de la pareja en una insatisfacción permanente, aburrimiento o rutina.
Por el lado no conflictivo están los sujetos que aceptan la idea de un ciclo vital normal y esperable y se atienen a hacer lo que corresponde a su edad. Al fin de cuentas, la identidad se sostiene en la capacidad de elaborar los duelos y dar respuesta positiva a renunciamientos impuestos por el curso de la vida. Ayer fue tener que dejar la casa paterna, circunscribir los proyectos juveniles en atención al trabajo y cuidado de los hijos, y ahora será asumir la disminución de las energías y despuntar del climaterio y la estrechez de la jubilación. Si el sujeto piensa y actúa con criterio pasará en lugar de una crisis que desorienta, a una comprensión de la psicología del tiempo para la cual ya está medianamente preparado. Sabe que pronto habrá de alcanzar la tercera edad y se trata entonces de ir preparándose.
La idea del tiempo que corre o nos alcanza no es un mero fenómeno del viejazo.
Aún en plena juventud esta conciencia se hace temible y dolorosa. El joven Siddhartha abandonó sin pensarlo el suntuoso palacio donde moraba, cuando inesperadamente contempló la vejez, la enfermedad y la muerte en sus subditos. No olvido tampoco aquellas canciones de los Beatles al margen de las pasiones y ritmos juveniles que de pronto nos embargaban con su melancólico sentido:
When I get older
Losing my hair
Many years from now…
Su título es "When I'm sixty four", es decir: "Cuando tenga 64 años". Su traducción dice más o menos:
Cuando sea viejo, pierda mi cabello
dentro de muchos años
¿Me seguirás mandando una postal por San Valentín,
Felicitaciones de cumpleaños
Una botella de vino?
Si hubiera estado afuera hasta las tres menos cuarto
¿Me cerrarías la puerta con llave?
¿Seguirás necesitándome, seguirías alimentándome
Cuando tenga sesenta y cuatro años?
Tú serás vieja también
Y si dices la palabra
podría quedarme contigo.
Yo sería habilidoso cambiando los fusibles
cuando se fundiera la luz
Tú puedes hacer un suéter junto al hogar
El domingo por la mañana dar una vuelta
cuidando el jardín, arrancando las hierbas
¿Quién podría pedir más?
Todos lo veranos podemos alquilar una casita
en la Isla de Wigth, si no es demasiado cara,
podemos reducir gastos y ahorrar
los nietos en tu rodilla
Veram Chuck y Dave.
Mándame una postal, ponme dos líneas
Diciéndome tu punto de vista
Indica exactamente lo que quieres decir
Tu seguro servidor que se consume
Dame tu respuesta, rubrícala:
Mía para siempre.
Will you still needme
Will you still feed me
When I'm sixty four.
Curioso. También la tercera edad tuvo su lugar entre las canciones de estos fenomenales músicos, y de una manera encantadora.
Veamos como se nos muestra la vida: Hoy, a 35 años de esta canción de John Lennon y Paul McCartney sabemos que:
• John murió asesinado, no llegó a viejo, sus hijos son músicos como él;
• a Paul lo trató de otra manera el tiempo: aunque él sigue siendo un compositor exitoso y sus hijos son jóvenes realizados, tuvo que sufrir la muerte de su esposa Linda por cáncer de mama.
• A George Harryson que es productor de cine, le extirparon un neo de laringe.
• Ringo continúa en lo suyo y con su familia sin demasiada estridencia. Han sobrepasado los 64 años que anticipa la canción.
Hay otra composición de ellos: Eleanor Rigby. Dice:
Mira a toda la gente solitaria
¿De dónde vienen?
¿A dónde pertenecen?
Eleanor Rigby murió en la Iglesia
Y fue enterrada junto a su nombre
Nadie vino
El Padre McKenzie se limpió el barro de las manos
mientras se aleja de la sepultura
Nadie se salvó
Toda esa gente solitaria
¿De dónde viene?
¿A dónde pertenece?
Ambas canciones cubren un espectro interesante: por un lado nos describen la calidez de un invierno compartido junto a los leños, el sol de los veranos a gozar todavía, la seguridad de contar con asistencia. El sabernos necesarios y el importarle a alguien, aspectos fundamentales de la autoestima Y del otro lado: la soledad como tragedia. No la soledad accidental. O la consciente y asumida, que es buena para el hombre, sino la del abandono o del marasmo social.
Después del gran despliegue de la juventud el hombre deberá lograr la calma. Los cuestionamientos adquieren una tonalidad más severa y se insinúa la necesidad del autocuidado. Será conveniente conocer algunas cosas sobre la vejez pero también superar unos cuantos prejuicios para mejor abordarla.
Surge la pregunta inevitable: ¿cuánto viviré?
Hay un par de términos relativos a esta cuestión: "expectativa de vida" y "esperanza de vida".
Cuando se habla de expectativa de vida se está haciendo referencia al número de años que le resta a una población de una edad determinada. Este número ha variado a través de los siglos y se calcula actualmente para una sociedad tecnológicamente desarrollada en 78 años. Frente a esta cifra que puede impresionar a quien la está alcanzando oponemos otra pretendidamente tranquilizadora: surge de la esperanza de vida, basada en el concepto de "término de vida". Esta última señala el tiempo total de vida teórico calculado para una especie, que para el ser humano ausente de patología y de condiciones ambientales adversas, se calcula que puede llegar a los 112 o 114 años. Se aclara entonces que, por ejemplo, a un sujeto de 55 años, libre de incapacidad en un país desarrollado, le corresponde como expectativa de vida 13 años, lo que no significa que va a fallecer a los 68. Esto es simplemente un cálculo estadístico sobre poblaciones. En cambio, el término de vida está programado genéticamente y el sujeto puede responder a esta programación mucho más allá de lo establecido como expectativa. Por supuesto, tiene un límite: hay un reloj biológico que es el programa genético que marca el lapso establecido para los individuos de la especie. Con este recurso optimista de moratoria queda por enfrentar los otros prejuicios, basados en la enfermedad y la fragilidad del anciano.
En principio, es fundamental saber que el envejecimiento no es una enfermedad. Debemos considerar que existen enfermedades propias del envejecimiento, de la misma manera en que hablamos de enfermedades propias de la infancia, adolescencia o de la vida adulta. Pero el envejecimiento no es patológico. El envejecimiento normal es un concepto estadístico según el cual se admiten una o dos patologías crónicas: artrosis, cataratas, trastornos sensoriales auditivos, hipertensión arterial, osteoporosis, todos estos trastornos son prevalentes en las personas mayores. Teniendo en cuenta que el concepto de salud de la Organización Mundial de la Salud implica un completo estado de bienestar psicofísico y social en ausencia de enfermedad, en teoría nunca podríamos aplicarlo a las personas mayores.
Las enfermedades más importante de la vejez son: cardiopatías, cáncer, accidentes cerebrovasculares, demencias. Esta última es padecida por un 4% de individuos mayores de 60 años y alrededor del 20 al 24% en individuos que sobrepasan los 80 años. Por ello, otra cuestión muy importante, vinculada a esta diferencia entre enfermedad y envejecimiento, es que: si bien la demencia es la gran preocupación de la vejez, no debe considerarse una parte del envejecimiento.
Es cierto que existe un trastorno de la memoria asociado a la edad, también llamado olvido benigno de la senescencia. Se presenta en el 38% de la población contra un 37% que no lo manifiesta. Como estas cifras son semejantes es justo pensar que podríamos distinguir entre un envejecimiento exitoso y otro que no lo es. Pero en todo caso, estas dificultades de la memoria son propias de una declinación y no de un deterioro. La declinación pasiva es un proceso esencialmente cronológico, no patológico, que tiene su peso en la consideración de un envejecimiento no exitoso, mas no tiene el mismo significado de la palabra deterioro, que es la que se aplica a lo que ocurre en la enfermedad llamada demencia.
Por lo tanto puede dividirse la senescencia como: la esperable o habitual, la senescencia exitosa o la que no lo es, y por último la senescencia con minusvalía, que es la de los individuos que envejecen con enfermedades incapacitantes.
Los cambios relacionados con la edad son modificaciones en piel y faneras, alteraciones óseas y articulares, fallas en la termorregulación, defectos visuales, olfatorios, gustativos y auditivos; a lo que se suma a nivel del sistema nervioso, disminución del volumen cerebral, más evidente en el hombre que en la mujer. Del cerebro de 80 años se dice que pierde volumen total y peso. Pierde neuronas en forma selectiva, se ha investigado que esta disminución no está exclusivamente relacionada con la pérdida neuronal sino con una disminución de su tamaño. Alrededor de un 50% de disminución de las neuronas es la sustancia negra, sin que estemos hablando de enfermedad de Parkinson, hasta un 25% de disminución en las neuronas de la corteza del lóbulo temporal.
Consideremos por último un tema importante que es el de la frustración y las reacciones típicas frente a la misma.
En todas las etapas de la vida, la frustración puede producir regresiones como una forma de defensa. Así, como ocurriría con un niño de cuatro o cinco años que viene evolucionando bien y que se frustra de pronto con la llegada de un hermanito, iniciando en consecuencia un retroceso a épocas en la que contaba con mayores seguridades afectivas, volviendo a mojar la cama y adoptando conductas más infantiles y dependientes de las que ya había logrado; así también puede ocurrir en posteriores edades cuando ante una frustración se retorna a conductas compensatorias primitivas. Un adolescente frustrado se exterioriza, por ejemplo, con un desarrollo sorpresivo de agresividad, obstinación o un accionar obsesivo, para lo cual cuenta con la fuerza expresiva de su cuerpo, camarillas, la calle, símbolos de poder como la indumentaria, la música, la droga o el alcohol. Un adulto frustrado puede apelar a la racionalización sosteniendo conceptos falseados con gran intensidad afectiva. Para ello cuenta la potencia de su voz y un área de influencia donde encontrar apoyo a sus excusas. Pero cuando nos hacemos viejos, el intento de regresión se dificulta porque ya no se cuenta con los recursos equívocos y los respaldos de tiempos pasados. Toda regresión infantilizada es descubierta y reprochada como argucias de viejo o sencillamente senilidad, las áreas de influencias se han estrechado o desaparecido, no se posee ya un mundo compartido, uno ya ha sido reemplazado o excluido y no se dispone de poder. Al no compensar la frustración se produce entonces una herida narcisista, es decir una herida en el amor propio. Y esta herida motiva de inmediato una reacción afectiva que denominamos depresión.
La reacción depresiva puede ocurrirle a cualquier persona que frente a la frustración no encuentra al menos compensaciones regresivas; el anciano le imprime un sello particular a sus trastornos los que pueden alcanzar no sólo la inhibición de funciones motoras, temblores, acciones inadecuadas, movimientos inútiles; sino paralización, negativismo la enfermedad y hasta la muerte por paros cardiorrespiratorios. Si en cambio, cuenta con experiencias positivas cercanas y recursos que permiten enfrentar con éxito la situación frustrante, la depresión no dura y se cura la herida narcisista.
Para el hombre que envejece se trata, en primer lugar, de no permitir que se diluya su personalidad en el modelo estereotipado que se le ofrece de lo que es un anciano. La gente puede creer sinceramente que corresponde ubicarlo en un museo. Sin malicia, esperar que cumpla con la significación arquetípica de la declinación y aproximación a la muerte. Aquí pesan los prejuicios de considerarlos enfermos o discapacitados, pobres de coordinación motora y expuestos a accidentes, que debieran estar hospitalizados o internados en instituciones especiales.
Los que le rodean con cariño sincero no debieran creer que solamente han de servir para cuidar una supervivencia, sino que les corresponde ser interlocutores auténticos para la expresión del sentido mismo que el viejo porta de la existencia.
Otras veces la actitud no es tan inocente y desde la sociedad quiere venderse la ideología de que el hombre anciano va a pesar improductivamente en la economía, de que con él se trata de un individuo enfermo o incapacitado que sólo dará gastos y trabajo, o de un jubilado necesariamente carente de recursos y obligado a una magra retribución por el cual el estado o la misma familia no pueden hacer mucho más sin empobrecerse. No sería extraño que, como lo imaginó Bioy Casares, llegaran a declarar "La guerra del chancho".
Todo viejo tiene cosas sencillas e importantes para dar: atender, saber escuchar con tolerancia, sonreír alegre o pensativamente, dar consejos aunque sólo sea en forma de opiniones, ayudar a los otros recordando escenas agradables de su pasado, aceptar que los jóvenes también pueden dar consejos sobre aspectos actuales de la existencia, comprender que sean como fueren, los hijos y los nietos son la continuidad de su plasma, una forma de continuar en la vida aunque tenga uno que dejarla.
Una manera especial de evitar las heridas narcisistas son las reminiscencias. Esta actividad está facilitada por la memoria remota que se conserva intacta. La reminiscencia se produce en cualquier edad de la vida. Su objetivo general es experimentar el deleite que conlleva comunicar información acerca del mundo y experiencias significativas. Generalmente tienen una finalidad narcisística íntima que es la de conseguir reafirmación. Acercan los tiempos del pasado y el presente, dan una cierta continuidad y nexo entre las generaciones. Por eso requieren audiencia de otra generación al reminiscente. Los jóvenes suelen ser buenos escuchas, a veces pacientes, otras interesados; los niños gozan con ellas cuando la dispensa un abuelo que se hace amar.
Y si vemos bien, donde hubo amor, los ancianos no suelen estar aislados de sus familias. Hay quienes deploran la ausencia de una abuela en casa así como de la colaboración que puede prestar en la compañía y el cuidado de los niños.
Está también la cuestión de la independencia: cuando no están imposibilitados, aparentemente son frecuentes las veces en que ambas partes prefieren hogares separados. Los hijos de los ancianos tienden a vivir cerca de la casa de sus padres, los visitan con frecuencia y le brindan mucho apoyo. El teléfono es otra manera de mantenerse en contacto. Existe además la situación contraria, cuando la posición de los abuelos es buena y sus hijos aún no están acomodados. Y aún la del hijo soltero o del separado o separada que vuelve a casa, a veces con todos los niños.
Aunque en nuestra época de avances tecnológicos, la senescencia exitosa no es equivalente a la sabiduría o la suma del saber que coleccionaban los ancianos de la antigüedad. Aunque el viejo de hoy no puede enseñar mucho a nivel tecnológico; conservando en todo caso la artesanía y el saber tradicional; aún con todo esto a cuesta, sigue siendo un ser humano significativo, porque él es el resultado de la vida. Le queda la tarea de saber transmitirlo, hacer su experiencia comunicativa. De allí que la gran profilaxis contra la soledad, el abandono y la desesperanza sea la integración por los otros gracias a la escucha, junto al respeto por su independencia.
Por otra parte: cuidado con la creencia del progreso tecnológico. Salvo en lo operativo, el progreso tecnológico es un mito. Los antiguos problemas de la sociedad no los ha resuelto, siguen siendo los mismos. En las relaciones humanas no hacen falta las medidas y precisiones de la técnica, la mensura no sirve demasiado. Con el desarrollo tecnológico uno se puede quedar atrás, pero no todo es tecnología. Entonces, de alguna manera, el viejo tiene su encanto. No es un decrépito que necesariamente queda fuera de carrera; ingresa a un ámbito estacionario pero no está fuera de la existencia.
Pero aunque al fin, si bien no necesariamente, tengamos que aceptar la decadencia no nos olvidemos que la persona humana, no importa cuánto tenga, siempre intenta integrar su personalidad con lo que le queda.

Cierro con un suceso personal y sus derivaciones literarias. Desperté una noche por irritación larígea con tos molesta, así que acomodé unas almohadas, me senté en la cama y encendí el televisor, cosa que mi buena Mabel me ha dicho muchas veces que lo haga tranquilo porque no la desvela. Desde siempre me han dado un poco de trabajo las noches, quizá por el hábito prolongado de las guardias y asistencias nocturnas; podríamos pensar entonces que no se trata de cosas de la edad.
Haciendo zapping me detengo en una película que no conocía pero identifiqué rápidamente como una versión de la obra teatral "La loca de Chaillot" de Jean Giraudoux.
Me atrajo y olvidé la tos y el volver a dormir.
Hay un pasaje en el cual la anciana protagonista persuade del valor de la vida a un joven desesperanzado. No pude menos que asociarlo con esa capacidad de locura que es la ilusión poética. Por la mañana fui al texto y repasé la escena que ahora transcribo. Dice así:
"Todos los vivos tienen suerte…Evidentemente, el despertar no es siempre muy alegre. Eligiendo en el cofre hindú el cabello del día, sacáis la dentadura postiza del único vaso que ha quedado del juego después de la mudanza de la calle Bienfaissance, y podéis evidentemente, sentiros un poco decepcionado de este bajo mundo, sobre todo si acabáis de soñar que erais una niña y que ibais a recoger frambuesas montada en un burrito. Pero para sentiros atraídos por la vida, basta encontrar en vuestro buzón una carta con el programa del día. Esta carta la escribe uno mismo la noche anterior; es lo más razonable: recoser mis enaguas con hilo rojo, planchar mis plumas de avestruz, escribir la famosa carta atrasada, la carta a mi abuelita, etc. etc. ….Después, cuando os habéis lavado la cara con agua de rosas, secándolas, no con este polvo de arroz que no alimenta la piel, sino con un poco de almidón puro; cuando os habéis puesto, para controlarlas, todas vuestras joyas, todos vuestros broches, incluso los botones en miniatura de las favoritas, y los pendientes persas con sus pedantifs haciendo juego; en una palabra, cuando vuestra toilette para el desayuno está terminada y os miráis, no en el espejo que no dice la verdad que es falso, sino en la parte inferior del gong de cobre que perteneció al almirante Courbet, entonces Fabricio, estáis adornado, estáis fuerte, podéis marchar.
Después todo resulta alegre y fácil. La lectura del diario primero. Del mismo diario, naturalmente, no crea que voy a leer esos impresos actuales que propagan la mentira y la vulgaridad. Yo leo Le Gaulois y no me amargo la vida con sus novedades, sino que leo siempre el mismo número: el del 7 de octubre de 1896. Es el mejor. El artículo sobre los hombres de la condesa Diana está completo…con el post scriptum sobre el talle a la Bressant. Y anuncia como última noticia la muerte de Leonor Leblanc. Habitaba en mi misma calle, pobre mujer, cada día tengo un sobresalto…
Y más adelante:
Mi paseo, Fabricio. Voy a vigilar a las malas gentes de Chaillot: los que fruncen los labios, los que golpean a hurtadillas las paredes de las casas, los enemigos de los árboles, de los animales. Dudan si matar al plátano del museo Gallera o dar comida envenenada al perro del carnicero de la calle Bizet. Cito a estos dos protegidos porque los conozco desde pequeñitos. Para que estos bandidos pierdan todo su poder, es necesario que yo pase a su altura. Por la izquierda. Es duro, porque el crimen marcha rápido, pero tengo el paso largo; ¿no es verdad amigos? ¡Nunca el plátano ha dado tantas vainas y tanta borrilla! ¡Nunca el perro del carnicero de la calle Bizet se ha paseado más alegre!
No es mi intento reivindicar la locura, indudablemente siempre respetable; pero aún en ella podemos encontrar algo sabio y sagrado. Cuántos extravagantes, como la loca de Chaillot, portan al borde de la ridiculez el estandarte de la vida. En vano será que el personaje del trapero, de buena fe, trate desalentarla diciéndole:
Usted vive en un sueño. Cuando decide a la mañana que los hombres sean hermosos, las dos arrugas que el portero de su casa lleva en la cara se tornan tiernas mejillas para besar. A nosotros, ese poder nos falta. Desde hace diez años, los vemos salir de sus cuevas, deambular cada vez más feos, más malos.
…Somos los últimos hombres libres, la época de la esclavitud llega y no tardará mucho.
Estas advertencias son para nosotros un motivo más para que, disponiendo todavía de lucidez y energía, prolonguemos esta monografía iluminando el tema que aún no se desarrolló: emociones, sentimientos y actividades de la tercera edad. Tema que está vivo en la intención pero que no puede ser compendiado ni reducido, sino que en cambio le cabe exteriorizarse a través de una intimidad abierta y permitida, con palabras plenas a intercambiar, como lo ha sido el encuentro al que Virginia V de Vigueras ha convocado.
Muchas gracias.
Notas:
(1) - Erik Erikson, continuamente citado cada vez que se abordan las edades del hombre, diferenció ocho etapas o estadíos, a cada uno de los cuales le corresponden pulsiones esenciales, vínculos específicos y crisis psicosociales que según como se resuelvan tendrá consecuencias trascendentales en la evolución de la personalidad.
En la primera etapa del desarrollo (oral) el niño está indefenso y corresponde a otras personas alimentarlo, protegerlo y tranquilizarlo. Si se satisfacen estas necesidades, el niño concebirá al mundo y su participación en él con una actitud generalmente confiada; en cambio si se lo carencia gravemente se instalará en su psiquismo una inseguridad básica
Pasamos luego a la segunda etapa, que coincide con la anal freudiana del segundo año de vida. Para el psicoanálisis las pulsiones anales engendran un conflicto entre el retener o dar, frente a la presión externa que quiere regular estas funciones. Por eso se considera que la educación esfinteriana es el primer tránsito por la ley y el orden. Su feliz cumplimiento determina rasgos ulteriores que indican autonomía y en cambio el fracaso conduce a expresiones posteriores de vergüenza y duda. Si el medio social alienta gradualmente al niño a controlarse por sí mismo cuidando al mismo tiempo de respetar sus indecisiones entre el dar o el retener, se depositan las simientes de la autonomía ulterior. Caso contrario, se desarrollará la vergüenza y la duda.
(Erikson piensa que la vergüenza es la cólera vuelta hacia uno mismo, que siente el individuo frente a quien lo castiga por haber intentado desempeñarse con autonomía. El sujeto pensaría algo así como: no están errados los que me castigan; el equivocado soy yo por mi ineptitud y falta de mérito. Por eso, este sentimiento de vergüenza va de la mano con la duda acerca de uno mismo. De adultos dudarán constantemente y procurarán ocultarse, no sea que el escrutinio de los otros los avergüence).
La tercera etapa, se asemeja a la etapa fálica de Freud, abarca aproximadamente de los tres a los cinco años. El chico juega sus roles entre los miembros de su familia básica. Es el tiempo de las ganas de hacer, de un modo inmediato y posesivo. El hacer sugiere placer en el ataque y la conquista. En el varón se destacan los modos intrusivos o penetrativos; en las niña, el apropiarse con una posesión perversa, o en la forma más amable de lograr haciéndose atractiva o seductora.
La culpa está allí cerca, reforzada porque con sus conductas a veces atraen una censura enérgica. Si los padres regulan los deseos intrusivos con amor y sin sanciones excesivas se habrá alcanzado la base de la iniciativa y la responsabilidad. En caso contrario se inhibirá el deseo y la acción desarrollando resignación y culpa, de lo que surge el sometimiento, la sensación de falta de valía e incluso la irresponsabilidad.
En la cuarta etapa el niño ingresa en la escolaridad, comienza a ser un trabajador y un posible proveedor. Aprende a conquistar reconocimientos haciendo cosas. Ya no es el hacer mediante un ataque directo o convirtiéndose apresuradamente en papá o mamá, como en la situación edípica. Ha experimentado un sentimiento de finalidad en sus nuevos medios en relación con el hecho de que no hay un futuro viable para sus deseos posesivos dentro del seno de la familia. Está preparándose para ir más allá a realizar su destino. Desarrolla industriosidad. Se adapta a las herramientas, puede convertirse en entusiasta productor.
Lo amenaza el peligro de la falta de aptitud y de inferioridad.
Se ingresa a las etapas siguientes con el legado de las anteriores. Tomemos en cuenta que importante es esto. La vida adolescente y adulta depende en gran parte de los éxitos o fijaciones sufridos hasta entonces.
En la quinta etapa, aparece la identidad o la difusión de roles. Esto depende de la creación de relaciones adecuadas con el mundo exterior. Intentan integrar asociaciones, identificaciones con sus pares, confiados en el valor de la semejanzas grupales y discriminando opuestos. La tarea de cristalizar una identidad es muy dura y saturada de ansiedad por lo que muchos se identifican excesivamente, con fines de protección, con camarillas y multitudes, hasta el extremo paradójico de una pérdida de identidad También pueden interpretarse de este modo muchos casos de enamoramiento juvenil.
La sexta etapa comienza cuando concluye la adolescencia. Se cumplen los procesos de individuación y desprendimiento. Se orienta hacia la intimidad. Más para tener la posibilidad de conquistarla, la persona debe ofrecerse libremente en situaciones que exijan un mínimo de autoprotección. Si el desarrollo previo no ha sido feliz es posible que la persona no esté dispuesta a correr el riesgo del sufrimiento que acompaña a los fracasos momentáneos en la búsqueda de la intimidad. En este caso se retraerá para sumergirse en un profundo sentimiento de aislamiento y en la consiguiente absorción de su propio yo.
A medida que avanza la edad adulta se inicia la séptima etapa. El eje principal es la generatividad en oposición al estancamiento. Plantar un árbol, tener un hijo, escribir un libro…ese viejo adaggio es la expresión del impulso a la generatividad. Los temas de la intimidad o del aislamiento de la etapa anterior cobran aquí mayor importancia.
Por lo que al iniciarse la octava etapa la persona se ve en la problemática de alcanzar un sentimiento de integridad del yo o caer en la vivencia del fracaso y la desesperación por haber perdido su vida.
Esta etapa permite la más acentuada certeza del yo respecto de su propia inclinación al orden y al sentido de la vida. Un amor postnarcisista del yo humano -no de la persona individual- como expresión de un cierto orden mundial y un sentido espiritual.
Para quien alcanza esta integridad del ciclo vital -que como sugiere el término es una forma de sentirse ÍNTEGRO- se acepta un tipo de vida como el definitivo, el que corresponde preservar, mantener, inspirar. La desesperación, en cambio, se expresa en el sentimiento de que la vida es corta, excesivamente corta para el esfuerzo de reorientarla, iniciar otra vida e intentar diferentes caminos que nos lleven a la integridad. El disgusto oculta la desesperación.
(2) - MODELO DE CONFLICTO: Se supone que la persona sufre permanentemente e inevitablemente el choque de dos grandes fuerzas contrarias. La vida es un compromiso que en el mejor de los casos implica un equilibrio dinámico de las dos fuerzas, y en el peor un inútil intento de negar la existencia de una de ellas. Tiene dos versiones: Psicosocial, la fuente de una gran fuerza se encuentra en la persona como individuo pero la fuente de la otra está en los grupos o las sociedades. Intrapsíquica, las dos grandes fuerzas se originan en la persona.
MODELO DE REALIZACIÓN: Supone la existencia de una gran fuerza y la sitúa en la persona. Concibe la vida como la expresión cada vez más definida de dicha fuerza. Aunque el conflicto sea siempre posible, no es necesario ni permanente. También tiene dos versiones: Versión de ejecución, la gran fuerza adopta la forma de un plan genético que determina las cualidades especiales de la persona; por lo tanto la vida fecunda es el proceso de realización de las cualidades. Versión de perfección, no destaca las cualidades determinadas genéticamente tanto como los ideales de los que es bueno, excelente e importante en la vida; la gran fuerza representa el movimiento hacia esos ideales de perfección.
EL MODELO DE CONSECUENCIA: No se destacan mucho las grandes fuerzas, singulares o duales, en conflicto o no. Más bien se atribuye importancia a la influencia formadora de la realimentación originada en el mundo exterior. Si ésta concuerda con lo que se esperaba, o con lo que era corriente, hay reposo. En caso contrario, se desarrolla cierta tensión. Pero lo importante a destacar es que en este modelo los contenidos de la personalidad están constituidos sobre todos por elementos aprendidos en la interacción con el mundo

(3) - Me decía una señora que esto de las etapas no es más que una consecuencia de la desintegración y discriminación de la sociedad actual. Que en sus tiempos había simplemente niños, jóvenes, adultos y abuelos. Que los muchachos no necesitaban una "disco" ni los abuelos un "club geriátrico". A los bailes o reuniones festivas concurrían tanto los jóvenes como los niños, padres, familiares, amigos, abuelos, y todos la pasaban bien. Que los viejos no necesitaba ir a juntarse con otros a ninguna parte, porque las familias todo lo compartían y no excluía a sus miembros salvo en situaciones dramáticas como las rupturas o la sanción.

BIBLIOGRAFÍA
La totalidad de las clases del Curso Virtual Educación para el Envejecimiento.
Un desafió al tiempo: educación permanente - Graciela Petris, Virginia V. de Viguera
Vivir la vejez positivamente - José L. Conde Salas
Reflexiones sobre el envejecer - Virginia V. de Viguera
Cuerpo y envejecimiento - David Slavsky
Prejuicios, mitos e ideas erróneas acerca del envejecimiento y la vejez - Virginia V. de Viguera
Pasajeros del tiempo - Virginia V. de Viguera
10 años DESPUÉS: EL MISMO DESAFIO ? - Graciela Petriz
Duelo y salud mental en la vejez - Colin Murray Parkes
Reminiscencia - Virginia V. de Viguera
Revista de psicogerontología: Tiempo.
Revista Argentina de gerontología y Geriatría
Revista Medicine N° 45 – 46 Geriatría I – II Agosto y Setiembre 2000
Erikson, Eric H.: El ciclo vital completado. Paidós 1985
Fiske, Marjorie: Edad Madura ¿Lo mejor de la vida? Harper & Row Latinoamericana 1980
Folino, J.O.: "Delirium y demencias" en Introducción a la psiquiatría. Editado por Manuel Suárez Richards, Editorial Salerno 2000
García Pintos, Claudio: No todo tiempo pasado fue mejor. Almagesto 1993
Giraudoux Jean : « La loca de Chaillot » Editorial Capítulo
Kastenbaum, Robert: Vejez, años de plenitud. Harper & Row Latinoamericana 1979
Maddi, Salvatore: Teorías de la personalidad. ElAteneo 1972
Ostrov, León: De senectute. Diario La Nación 10 de marzo 1985
Rapoport, Rhona.- Rapoport Robert: Enriquezca su vida. Harper & Row Latinoamericana 1980
Reichel, William: Aspectos clínicos del envejecimiento. Ateneo1981
Rolla, Edgardo: Senescencia. Ensayos psicoanalíticos sobre la tecera edad. Galerna 1991
Salvarezza, Leopoldo: Psicogeriatría, teoría y clínica. Paidós 1996

Luis Carlos H. Delgado – 68 años
Médico Psiquiatra. Doctor en Psicología.
Río Colorado 641 – Hurlingham
(1686) Provincia de Buenos Aires
Argentina
   
Autor: Luis Carlos H. Delgado
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