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Casi todos se alimentan mal
 
       
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Casi todos se alimentan mal


Los resultados preliminares de la Encuesta Nacional de Nutrición y Salud revelan índices alarmantes de sobrepeso, obesidad y alimentación deficiente. Hay que cambiar cuanto antes los hábitos individuales y sociales.

Marcela De la Plaza DIRECTORA DEL XIV CURSO ANUAL DE NUTRICION CLINICA DE LA SOCIEDAD ARGENTINA DE NUTRICION


Se acaban de conocer los resultados preliminares de la Encuesta Nacional de Nutrición y Salud llevada a cabo en nuestro país durante 2005 en niños y mujeres en edad fértil. Si bien se asumía que el aumento alarmante de los índices de sobrepeso en el mundo occidental también eran realidad en la Argentina, hoy sabemos que el 44,5% de las mujeres entre 10 y 49 años presentan sobrepeso, y que de este porcentaje casi la mitad presenta índices de masa corporal que corresponden al diagnóstico de obesidad.

La creencia habitual es que la persona que tiene sobrepeso está sobrealimentada, y por lo tanto, hipernutrida. Así el aumento de la obesidad en la población sería un indicador del mejor nivel de salud, ubicado en el polo opuesto a la desnutrición. Pero si analizamos cómo se come en la sociedad actual, en todo el arco económico social, la realidad nutricional de las personas con sobrepeso y obesidad puede resultar muy distinta a lo que significaría una buena nutrición.

Cuando hay pocos recursos económicos, los alimentos básicos consisten en pan o amasados caseros realizados con harina común refinada, aceite, azúcar o sal, arroz y fideos. Prácticamente no hay consumo de frutas y verduras, y no se llega a un mínimo de carne o alimentos sustitutos y mucho menos de lácteos u otras fuentes de calcio.

En los sectores con recursos, entre los alimentos de consumo diario aparece la carne, pero acompañada por multitud de productos alimenticios salados y dulces (snacks, galletitas, gaseosas, golosinas), y la posibilidad de adquirir comida rápida para reemplazar al menos una de las dos comidas importantes del día.

Las dos situaciones plantean una alimentación monótona, muy rica en calorías, pero a base de azúcar refinada y grasas de la peor calidad; y a la vez muy pobre en vitaminas y minerales. Lo que en nutrición denominamos "calorías vacías". El resultado puede ser una nueva entidad llamada desnutrición oculta que se refiere principalmente al déficit de vitamina A, C, ácido fólico y minerales como hierro y zinc.

Y así es como problemas de atención, irritabilidad, apatía que se interpretan erróneamente como emocionales, pueden deberse a esta falta de micronutrientes debido a una alimentación crónicamente incorrecta.

Por otro lado, el aumento del índice de sobrepeso también se debe al estilo de vida en general y no sólo a la forma de alimentarse. Y en este sentido las causas son compartidas por todos: hombres, mujeres y niños. A la vez que los alimentos son más industrializados y aportan muchas calorías vacías de nutrición, las necesidades energéticas de los habitantes continúan en disminución, ya que los niveles de sedentarismo son cada vez más altos. La fórmula es perfecta: sedentarismo + exceso de calorías y mal distribuidas.

Si queremos intentar solucionar este problema la primera estrategia es la educación alimentaria. Inculcar desde los primeros años de escolaridad la importancia que tienen para nuestra salud los alimentos protectores que no debieran faltar en nuestra alimentación de cada día: lácteos y sus derivados (que aportan proteínas, calcio y vitaminas A y D); carnes, legumbres y huevo (que aportan proteínas, hierro y algunas vitaminas); harinas y cereales (energía y algunas vitaminas); frutas y hortalizas (vitaminas, minerales y fibra) y, en menor medida, grasas, aceite y azúcar (aportan, básicamente, energía).

La segunda, que le compete al Estado, sería la fortificación de alimentos básicos y de consumo masivo. En este tema se ha avanzado mucho en el último año cuando se legisló el agregado obligatorio de hierro y vitaminas a la harina común.

Finalmente, tener en cuenta la posibilidad de consumir un suplemento multivitamínico, que asegure las vitaminas y minerales en una cantidad igual a las recomendadas. Estos suplementos debieran ser elegidos y prescriptos por el médico, teniendo en cuenta cada caso en particular:
• Personas con altas demandas laborales o de estudio.
• Planes alimentarios con bajas calorías (menos de 1200 cal/d): gente con obesidad o sobrepeso que hace dietas para adelgazar.
• Ancianos, que reciben varias medicaciones a la vez, o que tienen dietas pobres en calidad y cantidad.
• Vegetarianos estrictos, que no consumen carnes de ningún tipo, ni huevos o lácteos.
• Bebedores habituales de alcohol.
• Personas con enfermedades crónicas, que reciben varias medicaciones, con malos hábitos alimentarios, o que se están recuperando de cirugías.
• Mujeres que desean quedar embarazadas o están embarazadas, y que requieren mayor aporte de vitaminas y minerales, principalmente de ácido fólico y hierro, entre otros.

En tanto tomemos conciencia de la magnitud de este problema, que se oculta detrás del aumento de sobrepeso y obesidad que muestran los resultados preliminares de la Encuesta Nacional de Nutrición y Salud; y a la vez tengamos clara la dificultad que conlleva cambiar hábitos en la población, la fortificación de alimentos así como el consumo de suplementos se convierten en una solución para el corto y mediano plazo, económica y efectiva en la disminución del riesgo de desnutrición al que estamos expuestos.

   
Autor: Marcela De la Plaza
   



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