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Abuelos profesionales: estudiar después de los 50
 
       
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ABUELOS PROFESIONALES: ESTUDIAR DESPUÉS DE LOS 50
En la Universidad de Río Cuarto estudian 1.700 adultos mayores. La educación los revaloriza. Cursan idiomas y computación, entre otras asignaturas.
Por Florencia Gilardón y Julia Tortoriello
Clarín
22.02.2005

No hay edad para volver a empezar. Al menos, así lo demuestran las miles de personas que después de los 50 deciden comenzar a estudiar. En Río Cuarto, provincia de Córdoba, existe el Programa de Adultos Mayores (PEAM) que depende de la Universidad Nacional local. “Si uno se queda sentado en la casa, inmóvil, es como si estuviera en la sala de espera de la muerte. El secreto de la tercera juventud es tener una actividad, física o cultural”, dijo en una nota publicada en el diario cordobés La Voz del Interior, un alumno francés que a los 80 años realiza un intercambio estudiantil. Pero, Lucien Lannemayou no está sólo, otros 1.700 alumnos mayores lo acompañan con las mismas ganas de aprender.
En la Argentina, un 15% de la población tiene entre 60 y 65 años de edad o más. “No es casual que una persona mayor estudie. Yo creo que tiene que ver con una personalidad que ha desarrollado durante toda la vida: la de una persona inquieta y curiosa”, afirma la Licenciada en psicología y gerontóloga Nora Pochter. La especialista coordina la Comisión de los Adultos Mayores en la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos y recuerda lo que dijo al jubilarse un maestro francés que hoy tiene 94 años: “en lugar de ponerme las pantuflas, me puse las zapatillas para salir a correr”. Quienes deciden estudiar al entrar en la tercera edad tienen un espíritu activo que demuestra que se puede, siempre que exista voluntad.
“El PEAM se inició en el año 1992 con 50 alumnos y en la actualidad sólo en Río Cuarto hay 1.700. Este número en una ciudad de 150.000 habitantes da una dimensión del impacto”, afirma Enrique Alcoba, coordinador del PEAM. Los cursos, talleres y seminarios se organizan en tres grandes áreas: formación artística creativa, desarrollo cultural tecnológico y calidad de vida. Todos los alumnos tienen entre 50 y 80 años de edad y la educación que reciben tiende a revalorizar a la persona mayor. “Esto cambia la mirada homogénea sobre los viejos que siempre tiene que ver con la pasividad. Aquí, todos desarrollan actividades con un compromiso social muy significativo”, explica Alcoba.
Por ejemplo Lucien, el alumno francés que vive en Burdeos y llegó por tercera vez a nuestro país para perfeccionar el idioma castellano -que habla perfecto, según relata el periodista de La Voz del Interior- fue contactado por una señora que estudia francés en los talleres. “Las clases de idiomas tienen mucha convocatoria, no sólo inglés o francés, en especial hay muchos alumnos en los cursos de italiano”, cuenta el coordinador. Pero la oferta es muy amplia, hay más de 70 cursos y talleres. Con el estudio, los mayores suman conocimientos a su propia experiencia de vida. Y luego, se vuelca a desarrollar actividades orientadas a la comunidad. “Sólo unos pocos siguen después una carrera de grado, pero tenemos el caso de un hombre de 70 y pico de años que ahora está terminando su tesina para recibirse de Licenciado en Filosofía y Letras”, cuenta con orgullo Alcoba.
“Lo maravilloso de la experiencia universitaria es que más allá de la riqueza individual se logra una integración intergeneracional: la gran mayoría de sus compañeros y profesores son más jóvenes que ellos”, explica la Licenciada Pochter. Con su presencia el adulto mayor demuestra que nunca es tarde y que no hay impedimentos que valgan. “A su vez, aportan cierto enriquecimiento para los docentes. Esas relaciones entre las distintas generaciones son altamente positivas para todos”, dice la especialista. En nuestro país no existe tope de edad para poder estudiar y en muchos casos se trata de saldar asignaturas pendientes.
Por ejemplo, Ana Teresa Aguayo hace 10 años, cuando sus hijas crecieron, se dio cuenta de que le sobraba el tiempo y que era hora de saldar un deseo: obtener un título universitario. Hoy, a los 58 años, está a punto de cumplir su meta. Si todo sale bien, a fin de año se recibirá de Traductora Pública de Inglés en la Universidad Nacional de Córdoba. “Ya estoy llegando. Me quedan dos materias por cursar más tres finales para rendir. Lo mío es muy tranquilo porque mi prioridad es la familia y en especial mi nieto Santiago que tiene 8 meses”, cuenta.
De joven había estudiando inglés, le gustaba y siempre había estado vinculada al idioma. A la hora de elegir evaluó que más allá de su pasión por la docencia, lo ideal era el traductorado, “se puede ejercer en cualquier etapa de la vida”, afirma Tere. Ella confiesa, “al principio me costó. Todos me miraban y me prestaban mucha atención. Pero la verdad es que las chicas –sus compañeras mucho más jóvenes- son buenas, me ayudan y me alientan muchísimo”. De estos años y su paso por la facultad la futura traductora elige resaltar algo: “lo amplia que se ha puesto mi mente, cursar me ayudó a ser más comprensiva”.

   
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