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NOTAS
Adulto Mayor y la Sociedad
 






   
Transitar la ancianidad
 
       
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Transitar la ancianidad

Uno de los desafíos de la sociedad actual, con su ritmo vertiginoso, sus escalas de valores, sus modas, mitos y creencias, radica en aceptar que la ancianidad, es un hecho patológico, natural, al que todos llegaremos en algún momento. En cambio, la vejez, es un estado del alma que puede manifestarse en cualquier etapa de la vida del ser humano; se asocia con la disconformidad, la falta de vivir y el pesimismo.
Lograr una ancianidad sin vejez, sería tal vez el punto de confluencia de nuestros objetivos de vida, cuando ya mayores, la existencia nos proponga otras actividades, otras actitudes, otras miradas.
"Hasta hace menos de un siglo, pocos llegaban a viejos; pero ahora casi todos llegaremos a serlo: los viejos se volvieron normales. Con la normalización, el viejo pasó a ser una presencia frecuente y por ende, molesta en una sociedad insegura (..) Hay entre ellos personas con gran experiencia, mucho menos manipulables que los jóvenes. Además, tienen tiempo libre e incluso pueden abrazar una causa con más determinación, porque en muchos casos será lo que devuelva a su existencia el sentido que la marginación etaria (de la edad) le había quitado (...) A esta altura de la vida es mucho más común expresarse sin reservas, lo que no es debido a ningún debilitamiento sino a una perspectiva diferente del momento existencial. En síntesis: es un sector de población con un enorme potencial de transformación social..."(Eugenio Zaffaroni para Clarín Spl. Palabra Mayor).
Hay tres factores que promueven la toma de conciencia del inicio de esta etapa de la vida:
• La jubilación o retiro laboral
• La consideración o desconsideración social de las personas que han superado cierta edad.
• El conjunto de trastornos o disfunciones físicas y orgánicas.
Frente a este conjunto de razones externas que cumplen la función de disparar expectativas y vivencias, puede presentarse a veces, una crisis por la cercanía de un período vital para el ser humano, pero asociado culturalmente con inutilidad, desgaste, abandono.
Cabe entonces al ser, realizar los mecanismos que lo impulsen: -al reconocimiento de su nueva etapa de vida que se va dando paulatinamente: -aceptación- de sus posibilidades expresivas y de desarrollo físico, programación de nuevas actividades que el tiempo disponible y la experiencia de vida permiten y por último, valoración de todo lo que se pudo haber vivido y de la posibilidad de continuar experimentando y aprendiendo, de otra manera.
Lejos de asumir esta etapa de vida con depresión y angustia por el tiempo transcurrido, la persona mayor puede construir su futuro con experiencias que vitalicen más su espíritu, enriquezcan sus afectos, llevando ternura y comprensión por los procesos naturales que se deben vivir.
"La juventud es la edad heroica y su filosofía la del entusiasmo; la madurez es la edad de la plenitud, la vejez necesita un presente y un mañana, y otras edades, una filosofía de la esperanza. Cualquier época de la vida que se estanca en su temporalidad, ve declinar su horizonte, pierde vigor y envergadura (Bermann, Gregorio) El papel que la familia y la sociedad tienen en este entramado de relaciones vitales, es sumamente significativo. Se debe tomar conciencia de que los ancianos (más de 600 millones en el mundo actual), requieren atenciones y cumplimiento de necesidades básicas que hacen a su atención material como afectiva. Esta es una responsabilidad ineludible de quienes tienen manejo de poder de decisiones trascendentes que afectan a la calidad de vida y a la dignidad de las personas. A la familia, también le compete otras tareas que se direccionan en dos sentidos: la atención a sus requerimientos materiales si fueran necesarios y también, el cuidado de sus necesidades aquí se requieren con mayores demostraciones y sensibilidad.
Al transitar por este camino, el ser humano dignifica, muchas veces, el valor de los afectos, de la compañía, de la disposición para el diálogo, para compartir el tiempo más libre que se dispone.
Para la familia entonces, implica una pausa necesaria en el vértigo de los días y sobre todo a una consideración y una valoración de esos seres - nuestros padres, nuestros abuelos- que hoy transitan (como mañana lo haremos nosotros), esta etapa de decaimiento físico pero que puede posibilitar el fortalecimiento afectivo.
Es tiempo de organizar otro tipo de actividades que permitan el cuidado de la salud, la energía mental, el desarrollo de aquellas capacidades espirituales, anhelos o aspiraciones que han quedado postergadas. Es tiempo de reflexionar sobre las posibles equivocaciones cometidas, los aciertos alcanzados, las intenciones que movilizaron ciertas actitudes de vida. Y en esa meditación responsable de la vida, percibir todo lo que se recibió de los seres queridos, todo lo que se dio afectivamente, comprendiendo que es este, un tiempo propicio para enriquecer los afectos familiares, promover las actitudes solidarias, porque una existencia rica en emociones, nos retornará fortificando la materia, y brindando serenidad y paz a los sentimientos.
Transitar de esta manera la tercera edad, es caminar sin la desesperación del tiempo que se escapa, sin la angustia por el cuerpo que ya no se tiene, sin el caprichoso aferrarse a lo pasado como símbolo de lo mejor que se tuvo en la vida. Cada etapa de la vida ofrece sus experiencias, sus aprendizajes y de cada uno depende saber aprovecharla con el propio crecimiento espiritual.
Sería importante poder vivir los años que Dios permita con sana alegría, con la serenidad de una conciencia tranquila, con el constante esfuerzo por seguir superándose día a día, seguros de que todo lo que hemos construido en esta existencia, se aquilata en el espíritu como una fuerza que no conoce fronteras materiales.
"Si el hombre joven es bello, el viejo es grande, si se ve fuego en los ojos de los jóvenes, en el de los viejos se ve luz" (Victor Hugo).

   
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